Las cédulas hipotecarias son un tipo de bono que tiene como garantía los préstamos de las entidades financieras. Estuvieron en auge hasta el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008, con la que perdieron valor monetario y crédito social.

Quien adquiere uno de estos bonos ha de saber que su cobro está “avalado” mediante las propiedades inmuebles gravadas con hipoteca del mismo banco. Su funcionamiento es el siguiente: Presta dinero al banco, y éste le da a cambio una cédula hipotecaria. Como garantía están los préstamos hipotecarios ya otorgados. El dinero que le ha prestado al banco se utiliza entonces para otorgar nuevos créditos. Visualmente, divida la hipoteca de un inmueble en partes iguales. Cada una de esas partes corresponde a una cédula hipotecaria o parte de ella (ya que puede estar formada por particiones de distintas hipotecas).

Las cédulas hipotecarias tienen una tasa mayor que los depósitos a plazo fijo y cada mes devengan capital e intereses. El largo plazo de las cédulas y su diversificación en inversores disminuyen, a priori, los riesgos para la entidad y aseguran su retribución, a no ser que, como ha ocurrido, la industria inmobiliaria se desplome y haga caer el valor de los inmuebles, garantes hasta ese momento del préstamo. Por eso, es conveniente que a la hora de colocar nuestros ahorros en bonos como estos, analicemos la situación de la industria en cuestión, así como de las tasas paralelas y valores relativos.